Revista Todo
Esa cena del año mil novecientos noventa todavía la saboreo y recuerdo perfectamente el menú: entremeses variados de embutidos, ensaladilla rusa, filetitos al vino, macedonia de frutas como postre, champán y mantecados para la sobremesa con sus cantes de villancicos entre palmas y panderos, una nochebuena muy entrañable que cada vez que pienso en ella evoco la primera Navidad de la Sagrada Familia; esta experiencia intento reproducirla cada año en la Parroquia a la que sirvo alrededor de aquellos más necesitados, pues así lo ha querido Dios.

Mis tres amigos Isa, Mª José, Javier y yo nos unimos durante un curso al voluntariado del Albergue Municipal, un tal Paco nos llevó a ese lugar y quedamos sorprendidos pues a uno 500 metros de casa de nuestros padres, vivía gente muy peculiar olvidada por la sociedad y condenada por su circunstancia a sufrir un final muy triste y nosotros llamándonos cristianos, observando este capítulo de la crueldad de la vida.

Allí vivían cuatro hombres. Después de atravesar una cancela muy deteriorada, se accedía por un pasillo muy largo y se llegaba a un rincón de la casa; cada uno tenía una cama y una taquilla donde guardaban sus escasos objetos personales; un par de cuartos de baño comunes daba por finalizada la casa de estos amigos. Un verdadero “Portal de Belén”: pobreza de medios, desnudez de materiales, intemperie ante los demás en la noche, alegría ante cualquier detalle, unidad y respeto entre todo el grupo.

Sus habitantes eran: Antonio, “el completo”, que diariamente buscaba cartones y los llevaba a la chatarra, ganando unas pocas pesetas “de las antiguas”, siempre con su gorrilla y su media colilla en la boca; el día entero lo pasaba fuera de la casa. Aparecía sólo de noche para dormir. También se encontraba Juan, de unos cuarenta años, procedente de Granada, que por las circunstancias de la vida llegó a Ronda como transeúnte y allí se quedó; tenía problemas con su mente y se sentía muy solo y triste. Nunca vimos en él un gesto de violencia o de desprecio. El simpático “Toto”, Antonio, el alcohol era su compañero de fatiga, una persona enferma, en cualquier plaza tenía su rinconcito para beber y dormir. Sus bromas, chistes y cancioncillas siempre salían en sus saludos. Jesús era el cuarto de los amigos, también el alcohol vivía en su sangre y su cerebro no quería pensar en otra cosa; hombre muy culto y sabio, que de vez en cuando había que hospitalizarlo: una mala caída, alguien mientras dormía le dio una paliza, vivía en una pesadilla constante cada vez que recordaba su paso por el Vietnam. Pesadillas de disparos y de bombas le hacían sobresaltar en las poquitas noches que podía dormir en una cama. El Ayuntamiento semanalmente les llevaba unas sábanas y recogía las sucias. Una vez al mes limpiaban aquel lugar. Mis amigos y yo empezamos a convivir con estos amigos; cuatro amigos por cuatro amigos.

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Quizás no sea correcto contabilizar el número de momentos de gracia vividos, ya que no se debe tratar de cosificar las cosas de Dios, ¡pero es tan difícil de expresar con el lenguaje humano las experiencias divinas! Lo cierto es que, aquí en el Cementerio Municipal, en el tanatorio de la Esperanza o en el tanatorio de la Axarquía vivimos diariamente muchos momentos de gracia, como deseo definir. Cada vez que los distintos párrocos de Vélez y de la Comarca de la Axarquía oficiamos una Misa exequial o una celebración de la Palabra o un responso, Dios trasmite al pueblo un momento de singular hondura.

Se trata del paso de una noche oscura a un día de claridad. De la muerte a la Vida. Del Misterio a la Contemplación. De la incertidumbre y las dudas a la Claridad de la Verdad. Esto es lo que se produce, cada vez que despedimos a un ser querido. Pasa a Vida mejor y a Vida Eterna. ¡Es difícil creerlo, pero es así! Cristo así lo definió y el cumple lo dictado por amor, el permanece fiel a sus palabras y promesas. Cristo es la Resurrección, el Camino, la Verdad y la Vida.

A los sacerdotes nos toca acompañar al hombre y a la mujer de hoy en el misterio de la Vida. Y la muerte es uno de los grandes misterios. Nuestra humanidad también se sorprende y estamos llamados a afrontar ese momento, pues también somos hijos, algunos tenemos a nuestros padres vivos, otros ya están gozando del Reino celestial. Tenemos hermanos, cuñados, sobrinos, abuelos, vecinos y mucha gente a la que queremos. Cuando nos dejan también lloramos y lamentamos su pérdida.

El Evangelio de san Juan nos relata la muerte de Lázaro en Betania, un gran amigo de Jesús y el evangelista nos cuenta que Jesús se echó a llorar. Toda muerte es un momento de tristeza, de amargura y de oscuridad. A veces son tragedias más indigeribles, como un accidente en la carretera o un accidente en la vida laboral, una muerte repentina. En otras ocasiones se trata de una muerte esperada y angustiosa, después de una larga enfermedad que a todos nos ha cansado y desgastado, pero aun así, nunca nos hacemos la idea de la gran pérdida que supone que nos deje un ser querido.

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Nombrar el Pinsapo Azul enclavado en la Sierra de las Nieves en el municipio de Yunquera es evocar la letra de la estrofa de una canción de mi gran amigo Javier Martínez: “Tanto tiempo compartido en estos campamentos, tanta vida, tanta fuerza para dar”. Yo subrayo estas palabras: tiempo, vida y fuerza para dar.

Ya en los años noventa nuestro querido sacerdote Juan Miguel González Rubio entusiasta del contacto con la naturaleza y de las actividades grupales en convivencias y acampadas con niños y jóvenes, tuvo esta inteligente intuición, encontrar un lugar para instalar los campamentos de verano, cercano al pinsapar, done el aire de la sierra te oxigena del ritmo anual de las prisas contaminantes en las que vivimos.

Más de cuatrocientos niños, hoy muchos son jóvenes, otros ya adultos y otros son padres de familia, todos ellos han tenido esta maravillosa aventura de acampar en ese poblado tan lleno de vida, donde las cabañas de madera son testigos oculares de los valores aprendidos en esos días de campamento que jamás olvidaremos.

Si releemos las esmeradas programaciones de nuestros equipos de catequistas y monitores, si evocamos todos los recuerdos, si vamos ordenando las diapositivas, videos, fotos, manualidades realizadas en esos días, libretas con anotaciones, listado de compras de materiales, las pólizas de los seguros, cajas de cartón repletas de disfraces, alguna camiseta firmada por todos los acampados y monitores, seguro que formularemos una historia rica en humanidad de la que hemos tenido la gran dicha de ser protagonistas.

Un lema y una temática cada año es una novedad de intriga de cara a los niños; todo ello envuelto en un ritual de expectación, adornado por disfraces y ornamentos, enmarcan perfectamente el ambiente necesario para vivir unos días de Campamento, todo ello muy elaborado por el equipo de catequistas y monitores. Ocurrencias y dificultades no faltan en las pruebas a realizar en las Ginkanas, juegos amenos y entretenidos que en el pueblo de Yunquera despertaron mil y una sonrisa, dinámicas y reflexiones animados por nuestros catequistas y el sacerdote, nos elevan el alma hasta llegar a Dios, una postal inolvidable será la Misa del domingo sentados sobre el césped húmedo y la tarde que va cayendo, la esperada noche del terror frecuenta una vez más los repetidos llantos y risas, los baños de agua helada en la gran piscina, las horas de sosiego y relax en los talleres de manualidades, la creatividad e ingenio de las veladas preparadas por los grupos de niños que en estos días han convivido de una manera intensa; se acentúan las canciones, los chistes y las anécdotas nacidas en estos días de convivencia…todo esto y mucho más quedara grabado en el gran libro de la historia del Pinsapo Azul.

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No podía imaginar el conocimiento adquirido en estos cuatro años intensos como conciliario de diecisiete Hermandades y Cofradías en Vélez-Málaga. No imaginaba el trabajo que me esperaba y el sacrificio admirable de tantos cofrades perseverantes en sus labores.

Los he visto de trabajar con el sudor de su frente en las ferias de San Miguel en septiembre y en numerosas verbenas y fiestas, cuando todas las familias se distraen y se divierten, ellos entre fogones, sol y esfuerzo físico y psíquico buscan la prosperidad y el crecimiento de su Cofradía, de su grupo, en honor de sus Sagrados Titulares.

Los he visto en la andadura cuaresmal de acto en acto, en presentaciones de libros, estandartes, pregones, carteles…muchos de ellos interviniendo como maestros de ceremonias, otros como acomodadores de un perfecto protocolo, algunos decorando altares y estrados con mimo, gusto y belleza.

Me he enriquecido acompañándolos y rezando en sus salidas procesionales en días de pasión o en días de gloria, acompañando a María por las calles de nuestra Ciudad junto a su Hijo Jesucristo; también los he acompañado en pueblos vecinos e incluso en la aldea almonteña, peregrinando al Santuario de la Virgen del Rocío.

Reuniones mensuales o trimestrales de Juntas de Gobierno y Juntas Rectoras discerniendo dificultades, encajando algunos fracasos, buscando remedios para curar el daño cometido, pidiendo perdón…siempre buscando el bien de nuestros hermanos y de la Cofradía.

A pesar de que en este mundo de Hermandades y Cofradías hay algunas personas muy despejada de lenguas, muy prontos en juicios y acusaciones, a veces, destructivas, gracias a Dios son los menos, también he visto a grupos reunidos: pensando, rezando, a veces llorando, rebuscando aquellas resoluciones que han creado conflicto, intentando de resolverlas con caridad cristiana, discreción, tesón y firmeza basándose en los estatutos. Precisamente en estos últimos años todas las Juntas de Gobierno hemos descubierto que nuestros estatutos tienen que ser el eje motriz del funcionamiento de nuestros grupos, la carta magna que junto con los Santos Evangelios guíen nuestra embarcación a buen puerto.

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Seguro que desde el vientre materno ya escuchaba algunas canciones y plegarias que fueron nutriendo mis células más profundas que luego serían transformadas en notas musicales que unidas a palabras expresarían mi relación amorosa con Dios Padre.

Aquel que me creó, me sigue creando en esta historia aún no finalizada. Es el canto religioso un estilo de vida y un potencial de recursos que se convierte en un instrumento muy válido para comunicarnos con Dios y celebrar nuestra fe. En mi vida de oración personal y comunitariamente me ayuda en esta relación amorosa con Dios. Que bonitas palabras las de San Agustín en el sermón 34: “El que canta, ama. Todo el que ha aprendido a amar la vida nueva, sabe cantar”.

Ni mucho menos soy cantante, ni pretendo serlo, soy un orante de la Palabra y un aficionado a todo cántico que parte de la misma vida para entablar una comunicación con Dios. La alabanza, la súplica, el ofrecimiento y la gratitud continuamente brotan en nuestra vida de oración.
Puedo enumerar muchos capítulos de mi infancia, juventud y actualidad relacionados con la música. No son casualidades sino designios de su Providencia Divina que va conduciendo el alma por las partituras más insospechadas de la misma vida.

Ya la Madre Concepción de san José en el Colegio de la Inmaculada probó mi voz y fui admitido en la coral infantil; recuerdo que no cantaba muy bien e incluso desafinaba, pero para la edad temprana que poseía era muy responsable y constante en las cosas que me gustaban, claro está, como en este caso: cantar. Como todos los niños alienados en un pasillo, fuimos sujeto de un pequeño examen, se trataba de solfear unas líneas de una sencilla partitura y entonar el estribillo de una canción que ella interpretaba con su armonio y todos teníamos que repetir; unos se reían, por lo que eran eliminados automáticamente, a otros no les salía la voz, otros nos poníamos colorado, lo cierto es que fui admitido en este grupo y allá por el año 1980 empecé a cantar en esa coral de niños que nacía en el seno del Colegio de la Inmaculada y san José de la Montaña de Ronda. Llegó una religiosa con mucho talento y seducción, la Madre Jesús María Peña, que apoyada por la malagueña Madre Mercedes creó una tuna, la Tuna de san José. Empezaron los preparativos para celebrar el Centenario de la creación del colegio, que se festejó por lo grande. Los tunos de san José participamos en actuaciones y eventos, éramos quince niños. Nuestras madres ayudadas por modistas nos confeccionaron los trajes de raso negro, con los cuellos y puños de encajes y una gran capa negra forrada de raso en oro viejo, sobre la capa colgaban escudos y numerosos lazos de colores donde las niñas y profesores nos escribían dedicatorias… a mi me escribieron entre otras ¡para paquillo el monaguillo el tuno más pillo!, ¡para el tuno de los ojitos verdes!, o recuerdo aquel que decía ¡viva la madre que te parió! Tengo muchísimas anécdotas.

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