Cuando veo las noticias, a menudo me pregunto cómo estamos permitiendo que haya países en guerra, qué haya seres humanos que desesperados se jueguen la vida por escapar de la barbarie y el horror que crean otros seres humanos. Si echamos un vistazo a la historia podríamos preguntarnos, ¿cómo es posible que Hitler tuviese tantos seguidores? millones de judíos murieron a manos de unos pocos...Ha pasado muchas veces, es inherente al ser humano. Unos pocos proponen y consiguen que un numeroso grupo de personas les sigan y que incluso hagan el “trabajo sucio”… ¿por qué ocurre esto? , ¿seríamos capaces de cometer este tipo de crímenes? La mayoría de nosotros contestaríamos que no…, “es imposible que yo hiciese algo así”, pensaremos. Pero un psicólogo norteamericano realizó una serie de experimentos que nos haría replantearnos estas cuestiones.

En 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, se preguntó cuáles son las claves psicológicas que explican por qué, en determinadas circunstancias, los seres humanos somos capaces de transgredir nuestros propios valores morales. Para contestar a estas cuestiones realizó unos experimentos, como el siguiente: reclutó a 40 participantes poniendo un anuncio en el periódico en el que se les invitaba a formar parte de un experimento sobre “memoria y aprendizaje”, y por el que se les pagaría a los participantes unos 4 dólares (más o menos unos 30 euros actuales).

En este experimento participaban 3 personas cada vez: un maestro, un alumno y el investigador (Milgram). El voluntario hacía de “maestro” (creía que le tocaba este papel por sorteo pero ya estaba adjudicado de antemano). El alumno era un cómplice de Milgram, y el investigador era el propio Milgram, el cual llevaba una bata blanca y ejercía como figura autoritaria. El maestro tenía que pulsar unos botones en un generador que descargaban una descarga eléctrica (ficticia por supuesto, pero eso el maestro/voluntario no lo sabía) al alumno, que se encontraba en una habitación al lado, atado a una silla. Milgram colocó etiquetas en los botones del generador que indicaban la intensidad de la descarga, desde moderado, fuerte, peligro: descarga grave hasta XXX. Como he comentado anteriormente, el generador era falso y sólo producía sonidos al pulsar los interruptores. El maestro tenía que enseñar una serie de pares de palabras al alumno y si éste cometía algún error, debía ser castigado con una descarga eléctrica que sería cada vez 15 voltios más potente tras cada error.

Para que pareciese más realista, cada vez que se incrementaba la intensidad, se activaba un audio grabado con lamentos, quejidos y gritos.

El único que no sabía que todo esto era falso era el maestro/voluntario. Si el maestro dudaba o se negaba a aplicar la descarga, el investigador respondía con una respuesta predefinida y persuasiva: “continúe, por favor”, “el experimento necesita que usted siga”, “es absolutamente esencial que continúe”, “ siga, por favor”, “usted no tiene otra opción, debe continuar”. Si el maestro preguntaba quién se hacía responsable si algo le sucedía al alumno, el investigador le contestaba que no se preocupase que el responsable sería el mismo investigador.

Los resultados de este experimento fueron muy esclarecedores y sorprendentes. Muchos de los maestros/voluntarios se sentían tensos y angustiados cuando oían los gritos que provenían de la habitación contigua. Algunos se sintieron realmente mal (3 de ellos), y aunque la mayoría se sentían muy incómodos, los 40 participantes obedecieron hasta el nivel de descarga de 300 voltios, mientras que 25 de los 40 participantes llegaron incluso al máximo de 450 voltios.

Esto indica que el 65% de los participantes llegaron hasta el final, incluso cuando en algunos momentos de las grabaciones el alumno se quejaba de padecer problemas cardíacos.

Las conclusiones que extrajo Milgram de este experimento podrían resumirse en los puntos siguientes:
- Cuando el sujeto obedece lo que le dicta la figura autoritaria, deja de funcionar su conciencia y se produce una abdicación de la responsabilidad.
- A menor contacto con la víctima y cuánto más lejos físicamente se encuentren de ésta, son más obedientes los sujetos.
- Los sujetos con una personalidad autoritaria son más obedientes que los no autoritarios.
- A mayor proximidad con la figura autoritaria, mayor obediencia tienen los sujetos.
- Cuanta mayor formación académica tengan los sujetos, menos se sentirán intimidados por la figura autoritaria, con lo que se disminuye el nivel de obediencia.
- Aquellos sujetos que han recibido algún tipo de instrucción militar o con una severa disciplina son más propensos a obedecer.
- Tanto hombres como mujeres obedecen por igual.
- Las personas tendemos a justificar nuestros actos inexplicables.

La obediencia a la autoridad es un principio muy interesante que explicaría la violencia institucionalizada. Si observamos nuestra civilización, vemos cómo podría ser uno de los pilares en los que se sostiene la sociedad. Obedecer a la autoridad permite que nos sintamos más protegidos al vivir en sociedad, pero debemos tener cuidado, ya que una obediencia a la autoridad exacerbada puede resultar un arma de doble filo. Hemos oído demasiadas veces aquello de “sólo cumplía órdenes”, frase que nos exime de responsabilidades y justifica nuestros actos violentos. También pueden encontrar personalidades con tendencias sociópatas o sádicas, una vía de dar rienda suelta a sus impulsos con total impunidad.

Antes del experimento, algunos expertos pensaron que sólo un 1 ó 3% de los participantes activarían el interruptor de 450 voltios, y que incluso, algunos de los que lo hiciesen sufrirían alguna patología o psicopatía grave. Los datos reflejaron que el ser humano actúa de forma diferente cuando se encuentra en esta situación a cómo lo haría de forma individual sin tener que obedecer a ninguna figura autoritaria.

Esto podría deberse a que en la mente del individuo que obedece ocurren dos preceptos (la conformidad con el grupo y la cosificación): ante una situación crítica y ante una figura de autoridad se transfieren las decisiones importantes al grupo o a la figura autoritaria. También, el sujeto se percibe a sí mismo como un instrumento obligado para realizar los deseos de otras personas, eximiéndose de sí mismo de cualquier tipo de responsabilidad.

Milgram es un referente dentro de la Psicología Social. Sus experimentos e investigaciones nos demuestran cómo de frágiles somos los humanos. Personas ordinarias, ante la orden de una figura con apenas algo de autoridad, son capaces de actuar con crueldad. De esta forma podemos explicar cómo nos dejamos llevar por aquellos que inician guerras, masacres, actos terroristas o cualquier tipo de violencia colectiva.

Uno de los aprendizajes más valiosos que adquirí en mi adolescencia fue cuando un profesor de Filosofía nos dijo que aprendiéramos a pensar por nosotros mismos, que tuviésemos juicio crítico. No debemos creernos todo lo que oímos ni vemos por televisión, periódicos, lo que nos cuentan los políticos… Debemos analizar y ser nosotros mismos. Cuando el ser humano se encuentra en grupo o ante figuras autoritarias actúan de forma diferente. El saber cómo funcionamos los seres humanos debería servir para ayudar a cambiar lo más terrible de nuestro comportamiento.

“La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor”.
Aristóteles