amanoTodos los seres humanos poseen episodios y vivencias en sus historias personales que quisieran borrar o arrancar de cuajo para no verlas, ni recordarlas, ni revivir esos momentos de angustia, de dolor o de sufrimiento. Sabemos por la misma vida, que todo lo cura el tiempo, que con paciencia y perseverancia se consigue “una buena cura”; donde las heridas se logran cerrar aunque permanezcan sus cicatrices. Pero en este año Jubilar de la Misericordia que nos ofrece el mismo Señor manifestado en SS. el Papa Francisco, tenemos la oferta no sólo de cerrar nuestras heridas, sino también la posibilidad de hacer desaparecer las cicatrices o secuelas que ha dejado marcado el dolor y el sufrimiento.

¡La Misericordia de Dios es poderosa! ¡Qué palabras más sinceras y llenas de verdadera compasión y ternura ha dirigido el Papa a todos los terroristas y responsables de las muertes inocentes de tantas personas que dejan este mundo a consecuencia del terrorismo, de la guerra, de la violencia, del aborto, de la delincuencia, etc. Les ha dicho y nos dice a todos nosotros que él nos da la mano y que nos perdona, pero que abandonemos esas conductas de vida mal enfocadas. ¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida!

Si pensamos un poco, nadie estamos libres de poder ser arrastrado por el odio, la venganza, la ira, la envidia, la violencia y causar daño a nuestros prójimos. Todos hemos sido cómplices de muchos desastres naturales, sociales, familiares y personales. Todos los cristianos desde nuestro bautismo participamos de la misma misión que ejerció Jesucristo: ser profeta, rey y sacerdote. Y como profetas tenemos la obligación moral de denunciar las injusticias y los males que habitan en este mundo y estamos llamados a ejercer las obras de misericordia que la Iglesia nos propone, entre otras, la que dice: corregir al que se equivoca, claro está, el que se equivocó haciendo el mal y dejando de hacer el bien. Ahora sí, denunciamos y atacamos el mal y no a la persona, pues el sujeto tiene que ser acogido, escuchado y perdonado y hay que ayudarle a reparar su alma enturbiada, sucia, inquieta o endemoniada. Y también tenemos que ser instrumentos de unidad y de perdón de cara a las personas que han sido receptoras de cualquier tragedia, injusticia o dolor. El perdón y la misericordia tienen siempre que aparecer no solo en nuestros vocabularios, en nuestras conversaciones y escritos sino que tienen que habitar en nuestros pensamientos, actitudes y comportamientos. En los Santos Evangelios, el tema del perdón y de la misericordia, aparecen continuamente en la predicación de Jesús, como valores imprescindibles para construir el Reino de Dios. Nuestra religión no se entiende si no pedimos perdón, si no nos perdonamos los unos a los otros, si no estamos dispuestos una y setenta veces, a abrazar a ese hijo arrepentido. El capítulo de Isaías 61,1-3a que Jesús se apropió y leyó en la sinagoga nos lo recuerda, El Espíritu de Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros, la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión.

Se me viene a la mente y al corazón todos los que está encarcelados, los que viven en prisión, en un espacio reducido y difícil, con la carencia de libertad y pienso en sus distintas historias, unas más inteligibles, otras surrealistas, otras de lógica, otras fuera de nuestro alcance…pero todas coinciden en el fondo con una historia de dolor, una causa y un efecto, y el que ha provocado el mal, también se siente pecador, confundido, arrepentido… A veces no sé qué pensar, ni cómo actuar ante esos hermanos encarcelados. Si pienso con prontitud y sinceridad, lo primero que brota en mi pensamiento o en mi corazón es alegrarme por sus condenas y su privación de libertad por haber cometido alguna irregularidad, pero si pienso en Jesucristo me desarmo, pues en el preso, en el cautivo, en el encarcelado, en el que ha cometido algún mal está el mismo Jesucristo. También pienso en el que lleva unos días en prisión, un mes, un año, cinco o más años encerrado y castigado entre rejas, con una vida paralizada y en la incertidumbre total, donde el tormento en su conciencia, en sus sentimientos, al pensar en su familia o en las personas a quienes les han hecho algo mal, retuercen continuamente su corazón y desgastan su conciencia y sus ganas de vivir. Pienso también en su arrepentimiento, en su dolor vivido y en sus heridas y también sueño, como nos invita el Papa, a cicatrizar todas sus secuelas y a olvidar el daño causado o provocado. Este Año Jubilar es un Año de Gracia y de Perdón ¡Qué todos los encarcelados puedan respirar el oxígeno de la libertad de los Hijos de Dios, experimentar la paz, la verdad, la justicia, el verdadero amor, la hermandad, la igualdad, el perdón y puedan llegar a ser hombres y mujeres nuevos! Ya que Dios está siempre disponible para el perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Que así sea.