amanoEl trastorno de déficit de atención o también llamado TDA, está siendo uno de los trastornos más emergentes y que más suenan entre los ámbitos escolares últimamente.

Se trata de un trastorno de diversas opiniones para los especialistas y cuya detección sigue siendo muy subjetiva para muchos, ya que las características que presenta pueden ser interpretadas de diferentes maneras.

Para empezar a describirlo podemos decir que es un trastorno biológico que afecta en la niñez, a edades tempranas y puede continuar hasta la adolescencia e incluso la edad adulta.

Aunque se manifiesta desde el primer año de vida, resulta difícil confirmar un diagnóstico “seguro” hasta los 4-5 años de edad. Entre los síntomas destacables se incluyen la dificultad para concentrarse y prestar atención a tareas escolares y del hogar o del día a día, dificultad para controlar la conducta y los impulsos e hiperactividad (en este caso hablamos también de TDAH o lo que es lo mismo, trastorno de déficit de atención con hiperactividad).

Existen clasificaciones en las que se nos marcan tres tipos de trastornos de déficit de atención: el déficit de atención sin hiperactividad (TDA), el déficit de atención hiperactivo-impulsivo (TDAH) y la combinación de ambos.

No debemos confundir los casos de niños que por alguna otra causa muestran comportamientos similares sin llegar a tener este trastorno de los que sí lo tienen. Es por eso que es muy conveniente no evaluar a la ligera y llevar un proceso de observación y evaluación en el que podamos descartar cualquier otra causa que sea desencadenante de estos comportamientos y que ayude a dar un diagnostico correcto. A veces estamos ante niños que hacen llamadas de atención, tienen comportamientos desafiantes o están teniendo problemas externos que alteran su conducta por otro motivo.

Ante el TDA, la regulación de un tratamiento farmacológico suele acompañar al alumno en la gran mayoría de los casos, aunque no es la única alternativa para esta dificultad, pues hay más técnicas y estrategias que ayudan a la concentración, el apoyo escolar y las tareas rutinarias. Me reitero por ello en la importancia de una correcta evaluación e intervención para no llegar a diagnósticos erróneos con niños que son más inquietos en las aulas y se les etiqueta de forma indebida. El TDA es algo más que un niño inquieto. Es una dificultad en el día a día, en la realización de tareas que requieren atención e interés, en sus capacidades de aprendizaje…

Propongo una reflexión sobre los casos que conocemos o que creemos conocer de TDA, valorar la situación en su amplio contexto y analizar si se está haciendo lo correcto o si podemos mejorar algo. Nuestro deber es favorecer los conceptos de inclusión, aprendizaje y progreso sin tomar decisiones que perjudiquen a quienes demandan una asistencia que requiere no sólo de vocación, sino también de humanidad.